viernes, 6 de agosto de 2010

OCHO


El cuaderno verde ésta vivo. Pareciera tener latidos en cada una de sus páginas sin rellenar. El cuaderno verde espera cada palabra con un respiro animal. Una bestia que se calma cuando la tinta se escurre en sus adentros.
Ramiro cae en un sollozo de pánico y angustia. La confusión lo envuelve, lo arropa. La fresca mirada de Memo lo contempla. Ramiro entonces se da cuenta, se calma.
Toma al niño de la mano y permite que ingrese la calma, la quietud, el sosiego.
El silencio entra y se desparrama por la casa. Y como cuando una palabra al reiterarse cambia el sentido, el silencio pasa a ser no-ruido y más tarde estruendo.
Memo y Ramiro se sientan ahora en el tronco de quien fuera alguna vez un árbol. Dejan caer la pequeña lluvia sobre sus cuerpos. Todavía siguen sus manos entrelazadas. Hasta que el niño lo suelta y el escritor respira.
- Tenés que seguir escribiendo - suplica Memo.
- ¿Qué está pasando? -
- A mi me parece que ya sabes, pero es mejor que no te lo contestes. A veces es mejor solo andar, que andar preguntando y respondiendo.
Ramiro se refriega la cara. Se esparce el agua de lluvia con sus manos. Cierra sus ojos y cuando vuelve a abrirlos el niño se está alejando.
El estado somnoliento post almuerzo gobierna las calles y las casas del pueblo. La siesta, si bien es una libre elección, es mayoría dominante. Aún aquellos que deciden no tomarla, caen en el ambiente contagioso entrecerrando los ojos. Teniendo menos fuerzas que horas antes o que horas después. Así como el bostezo se contagia en personas cercanas, la siesta y su aire ralentizado también.
El tren cruza de lado a lado, parece ser más ruidoso a estas horas. Parece esforzarse por no serlo. El tren pasa constante con su marcha y retumbo. El tren es música que acompaña la siesta en Pueblo Lejos.

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